20201203

La masonería y la libertad de expresión

La libertad de expresión nace del pensamiento maduro y auténtico, determina nuestra concepción del mundo y rige nuestras acciones.

Podría parecer redundante, o una perogrullada, hablar en el seno de la Masonería acerca de la libertad de expresión. El concepto de libertad en general, y dentro de ella la idea de libertad de expresión, es componente esencial dentro de los principios de la Masonería Universal. El masón es, por definición, un hombre libre y de buenas costumbres.

Al mismo tiempo, la libertad de expresión es parte inherente al desarrollo intelectual del ser humano. Sería imposible pensar en el desarrollo cognitivo y en los actos de un hombre sin considerar este aspecto ineludible de su crecimiento. 


Evito conscientemente emplear en esta plancha la expresión “libertad de pensamiento”. En cambio, por una razón muy elemental prefiero aludir al concepto de libertad de expresión. Considerando que hasta la fecha no existen formas de determinar o inhibir la producción de ideas, fenómeno que ocurre exclusivamente como parte de la cognición, una de las funciones del cerebro, la libertad o coartación del pensamiento se da desde el momento en que se permite o no su expresión verbal. En otras palabras, a nadie puede impedírsele que piense de una u otra manera, aunque puede limitársele en la comunicación de sus ideas, pensamientos o convicciones.

En ningún momento desearía dar la impresión de que es completamente imposible coartar la libertad de pensamiento del hombre. Los procesos de masificación terminan imponiendo límites a la imaginación, a la capacidad de soñar y a la voluntad de diseñar y ejecutar planes. Sin embargo, a la luz de los conocimientos actuales resulta prácticamente imposible determinar con certeza (o dicho de otra manera, cuantificar) el grado de alienación presente dentro cada quien. Por tanto, considero más objetivo, y por ello más oportuno, referirme a lo apreciable mediante la experiencia directa. 

Suponemos que el hombre primitivo no destacaba por la libertad de expresión. Ni su nivel cognoscitivo ni el desarrollo social de ese momento podrían considerarse compatibles con una manifestación tan compleja del intelecto humano. Una vez organizadas las poblaciones en sociedades, la libertad de expresión pasa a convertirse en una circunstancia incómoda para los líderes religiosos y para los poseedores de las tierras y los dueños del poder. De poco habría servido la expresión de ideas originales frente a intereses dirigidos hacia la dominación política o territorial. De igual manera, el lado oscuro de un buen número de religiones ha consistido, en buena medida, en evitar el desarrollo y la expresión de ideas novedosas, que pudieran causar malestar e incomodidades dentro de las clases dirigentes, a las que han solido adherirse. 

Es el florecimiento de las inquietudes intelectuales, de las aproximaciones científicas hacia la comprensión de la realidad y la búsqueda de la verdad, y de los primeros intentos de democracia, lo que permite que se establezca la suficiente tolerancia capaz de favorecer el esbozo y la posterior maduración de las primeras expresiones e intercambios de ideas en los escenarios del saber y del hacer humanos. 

Por otra parte, el hombre es un primate, dado a las jerarquías de dominación y de subordinación. Este esquema persiste hasta nuestros días. Resulta difícil expresar para un subordinado laboral, político, gremial o social, su inconformidad o disentimiento respecto a las opiniones de sus jefes o directivos. No es desconocida la circunstancia del subalterno que sugiere soluciones a los problemas planteados por encima de su lugar en la jerarquía. El resultado natural suele consistir, en el mejor de los casos, en una reacción de escepticismo y desconfianza y, en el peor de ellos, en el despido o la expulsión de la organización. 

Somos humanos, somos vanidosos, somos orgullosos. Disfrutamos de la sensación que da el poder sobre los demás. Anhelamos el poder económico, político, mediático, sexual, académico, pero nuestra misma arrogancia lo disfraza de diversas maneras. Tendiendo cortinas y vistiendo nuestros comportamientos con telas de diferentes colores y texturas disfrutamos mientras humillamos de manera decente a un compañero o a un subalterno. Convertimos los canales de comunicación en herramientas de agresión y dominio. Somos capaces de transformar escenarios académicos y laborales en verdaderos campos de batalla. Todo ello por la sencilla razón de que nos sentimos amenazados ante las ideas que impliquen un cambio en los mecanismos a los que nos acostumbramos o que representen un desafío a nuestra visión del cosmos. Esta sensación de amenaza se previene eficazmente mediante las limitaciones sobre la libertad de expresión. 

A pesar de lo expresado en los párrafos anteriores, sería contraproducente y equívoco confundir la libertad de expresión con la arbitrariedad, la irresponsabilidad y la impulsividad. La verdadera libertad de expresión implica responsabilidad sobre lo dicho; reconocer que las palabras causan efectos y determinan acciones conlleva la reflexión que impide la emisión del habla ligera e inconsecuente. Por el contrario, la conducta del necio no puede considerarse libre; en realidad, es una exposición de desconocimiento e inexperiencia y una muestra de irrespeto a sí mismo y a su entorno. Recordemos un proverbio chino: “Hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra dicha, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”. 

La libertad de expresión representa más que un derecho incoercible. Nace del pensamiento maduro y auténtico, determina nuestra concepción del mundo y rige nuestras acciones. Sin embargo, al mismo tiempo, y precisamente por el hecho de nacer a partir de un pensamiento estructurado, implica tal responsabilidad que se requiere la compañía de discreción, prudencia y reflexión.

MM.·. Alex González Grau
Resp.·. Ben.·. y Cent.·. Hospitalidad Granadina N° 1
Logia Madre de Colombia
Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia Cartagena
Especial para Escuela Masónica Carlos Aranza Castro